Por María Laura Azpiazú, CEO y Co-Fundadora de Yeklan.
Las vacaciones escolares, ese esperado paréntesis del año lectivo, traen consigo una promesa de descanso, juego y tiempo compartido en familia. Sin embargo, para muchas madres, padres y cuidadores, también representan un desafío: ¿cómo mantener entretenidos a los niños y niñas durante tantas semanas en casa? La frase “me aburro” se convierte en un estribillo frecuente, y con ella, muchas veces, aparece la ansiedad adulta por “llenar” ese vacío.
Pero, ¿y si el aburrimiento no fuera un problema, sino una oportunidad? ¿Y si, en lugar de combatirlo, aprendiéramos a tolerarlo, acompañarlo y a confiar en lo que puede surgir de él?
El aburrimiento como umbral creativo
La Dra. Myrtha Chokler, en el artículo Cómo se juega el niño cuando juega, nos ofrece una mirada profunda y transformadora sobre el juego infantil. Para ella, el juego no es un pasatiempo ni una actividad secundaria: es una función vital, tan esencial como respirar. A través del juego, los niños y niñas construyen su identidad, elaboran emociones, comprenden el mundo que los rodea y desarrollan habilidades cognitivas, motoras y sociales.
En este contexto, el aburrimiento no es una señal de carencia, sino una pausa necesaria. Es el espacio en blanco desde el cual puede emerger la imaginación. Cuando no hay estímulos externos inmediatos, el niño se ve impulsado a mirar hacia adentro, a inventar, a crear. El aburrimiento, entonces, no es el enemigo del juego, sino su antesala.
Jean Piaget, uno de los grandes referentes de la psicología infantil, lo expresó con claridad:
“La inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer.”
Esta frase nos invita a reflexionar sobre el valor del vacío, del no saber, como motor del pensamiento creativo. Cuando un niño se enfrenta al aburrimiento, está ante una oportunidad de activar su inteligencia, de buscar soluciones, de imaginar mundos.
La incomodidad adulta frente al aburrimiento infantil
Para los adultos, el aburrimiento de los hijos suele generar incomodidad. Nos sentimos responsables de su bienestar y, muchas veces, interpretamos su aburrimiento como una señal de que “algo falta” o de que “no estamos haciendo lo suficiente”. Esta reacción, aunque comprensible, puede llevarnos a intervenir de forma excesiva: proponemos actividades, encendemos la televisión, ofrecemos juguetes, organizamos salidas.
Sin embargo, como señala Chokler, el juego auténtico nace del deseo interno del niño, no de la programación externa del adulto. Cuando llenamos cada momento de su día con estímulos dirigidos, corremos el riesgo de inhibir su capacidad de iniciativa, su autonomía y su creatividad.
Durante las vacaciones, cuando el tiempo se expande y las rutinas cambian, el juego libre se convierte en el mejor aliado para el bienestar emocional y el desarrollo integral de niños y niñas.
Tolerar y sostener el aburrimiento de nuestros hijos e hijas implica un acto de confianza. Es aceptar que no siempre necesitan estar ocupados, que pueden —y deben— tener momentos de vacío, de espera, de introspección. Es permitirles descubrir que ellos mismos pueden ser fuente de ideas, de historias, de mundos imaginarios.
¿Qué podemos hacer los adultos?
Frente al aburrimiento infantil, la respuesta inmediata podría no ser siempre llenar el tiempo con actividades, sino crear las condiciones para que el juego libre y otros proyectos creativos puedan florecer.
Algunas claves para acompañar este proceso:
- Aceptar el aburrimiento como parte del desarrollo: No es necesario reaccionar de inmediato ante cada queja. A veces, simplemente acompañar con presencia tranquila es suficiente. El aburrimiento puede ser incómodo, pero también es fértil.
- Ofrecer un entorno rico en posibilidades: Materiales simples como telas, cajas, utensilios, bloques, elementos de la naturaleza, muñecos o masas para modelar (puedes consultar Con las manos en la masa) suelen convertirse en herramientas para la imaginación. No se necesitan juguetes costosos ni sofisticados. De hecho, los más simples suelen ser los más ricos en posibilidades simbólicas.
- Evitar la sobreestimulación digital: La televisión y los dispositivos electrónicos, aunque pueden entretener, tienden a inhibir el juego espontáneo y la creatividad, especialmente en edades tempranas. Según Chokler, estos medios generan una pasividad perjudicial, alejando al niño de su necesidad esencial de movimiento, acción y relación.
- Fomentar el juego libre y autónomo: El niño necesita momentos sin dirección adulta para explorar su mundo interno y construir sus propios significados. El juego con adultos puede ser enriquecedor, pero también es importante saber cuándo retirarse y dejar que el niño tome el control.
- Confiar en la capacidad del niño para jugar: Todos los niños sanos juegan. El juego es una función vital, y el niño sabe jugar de acuerdo a su nivel madurativo. Nuestra tarea es garantizar las condiciones: tiempo, espacio, seguridad afectiva y materiales adecuados.
Acompañar y confiar
Entonces, en lugar de ver el aburrimiento como un problema a resolver, podemos verlo como una invitación a confiar en nuestros hijos e hijas, en su capacidad de crear, imaginar y transformar. Porque en ese espacio vacío, aparentemente improductivo, nace la creatividad, la autonomía y la construcción de sí mismos.
Como adultos, nuestro rol no es llenar cada momento, sino sostener el espacio, garantizar la seguridad emocional y ofrecer materiales que inviten al juego. A veces, lo más valioso que podemos hacer es simplemente estar, observar, y permitir que el juego haga su trabajo silencioso y profundo.
Así que la próxima vez que escuches “me aburro”, no te apresures a intervenir. Tal vez ese momento sea el inicio de una gran aventura imaginaria. Solo necesita tiempo, espacio y confianza en la maravillosa capacidad de los niños para jugar.
CEO y Co-Fundadora de Yeklan


